el guateque
el guateque

El guateque (The Party) es una película dirigida por Blake Edwards y protagonizada por Peter Sellers en 1968. Sellers ya era un actor cómico reconocido por aquellos años, sobre tras su brillante interpretación del Inspector Clouseau en La pantera rosa, pero su interpretación como Hrundi V. Bakshi en esta película le supuso la consagración como un icono histórico en este género.

el guateque poster the partyHrundi es un actor con una carrera bastante discreta, hasta que consigue un papel protagónico en una película bélica de época. Pero, durante el rodaje, la torpeza que le caracteriza termina por arruinar la producción, y su recorrido laboral se ve truncado de manera drástica. Pero, casualidades de la vida, acaba recibiendo una invitación para una fiesta que organiza en su casa el magnate y productor de dicha película, y no duda en acudir, con la intención de dar lo mejor de sí mismo.

El guateque, sin duda, es una gran expresión de la máxima cinematográfica que explica que en una película todo es posible y puede resultar verosímil, cuando el final resulte, al menos, coherente. Y es que, lo que sucede aquí, sobre todo desde que Hrundi pisa la magnífica casa del que fuera su jefe, supera los límites de la imaginación en cuanto a desgracias, desastres y vergüenza ajena.

http://youtu.be/IOGx3P5THJs

Un Sellers amorenado, con un extraño acento que recuerda al Apu de los Simpson, aunque mucho anterior, nos hace pasar lo mejor y lo peor, con un talento incomparable para las situaciones de vergüenza y compromiso, y para conseguir que nos acabemos echando las manos a la cara a la vez que no podemos contener carcajadas por lo que, con toda su bondad e inocencia, termina originando.

el guateque the party

La película fue todo un éxito, sobre todo basada en la trayectoria que tenían Edwards como director y Sellers como actor, tras sus trabajos en La pantera rosa. Pero, al parecer, la relación entre ambos genios no era del todo buena, y ésta fue su única colaboración más allá de la saga genial del inspector Clouseau.

el guateque the party

Hoy en día, nadie duda del carácter de culto que tiene esta El guateque. Es de esas películas que sirven para cualquier momento, cualquier situación y cualquier público. Las risas y la diversión están aseguradas y, sobre todo, la admiración a lo que Peter Sellers consigue ejecutar, que no es otra cosa que entretener y contentar al público presente.

5 Comments

  1. Luis Betrán dice:

    Hola Pelicultista. A mí “El guateque me divierte tanto como me abruma. La comedia tiene unas reglas muy estrictas en cuanto a duración se refiere. Y este film las incumple. Le sobran minutos.

    Pero hablemos de BLAKE EDWARDS

    BLAKE EDWARDS
    Las salsas agridulces

    Todo amante de las cocinas orientales reconoce la excelsitud de las salsas agridulces, suprema combinación de lo dulce y lo amargo. El difícil equilibrio de ambos sabores se logra mediante una aplicación exacta de las cantidades de las materias primas: ni un gramo más ni un gramo menos. Don Mendo, en la obra de su venganza, decía, comentando las dificultades del juego del siete y medio, que no llegando a la puntuación ocurrían catástrofes varias como la pérdida del honor, fama y fortuna, pero si se pasaba ¡ay! si se pasaba era peor. Durante algunos años Blake Edwards fue un maestro del agridulce. Explicaba los dramas en forma de comedia y ensombrecía la comedia hasta límites que parecían negar su origen. Edwards llegó al cine alrededor de 1955, cuando parecía imposible realizar comedias partiendo de los esquemas clásicos. Fue el último que asumió dicha tarea respetando las convenciones que habian sido ley durante 25 años. Comenzó en series B para Columbia filmadas en colaboración con Richard Quine y que no fueron más que simples ejercicios; pero los primeros días de los 60 transformaron al director de comedias domésticas en un chef de laboriosos platos. Abarcó conjuntamente todos los géneros a fin de sintetizarlos desde un ángulo mixtificador. Su gloria duró 5 años, pasados los cuales sus hallazgos se petrificaron. Su gracia se hizo pesada, su fragilidad suave y melancólica se apelmazó. Apareció una ordinariez producto de una errónea mitificación de uno de los viejos géneros con el que antes había formado un solo espíritu: el burlesque.

    Las tartas de crema y la patosería cruel acabaron haciéndose dueñas de una filmografía en la que pocos años antes habitaron hombres y hadas, y donde luego el ruido histérico apenas dejó respirar a los seres humanos a los que su talento había hecho ocupar un tiempo y un espacio en en la, digamos, pequeña historia del cine. A principios de los 70, y cuando ya no quedaban tartas de nata, quiso volver a las andadas. Pero como ya dijo el poeta algo sobre los peligros de ver la senda que nunca más se debe volver a pisar, el retorno del comediante a su mundo perdido – que resurgíó viejo y apolillado – llegó a poner en duda que si algún talento le quedaba no era otro que el de orquestar desopilantes pachangas con pretensiones de hacer reír.

    En España Edwards fue/¿es? uno de los mitos cahieristas o filmidealistas. Máximo representante de una comedia americana a la que dotó de una mayor profundidad humana mediante la adicción de aspectos de aspectos muy vitales y queridos del público, procedentes de otros géneros. Blake Edwards creyó ir más allá de comedias con inclusiones melodramáticas. Sus películas llegarían hasta casi la desesperación, la negrura, una vez agotados los más brillantes destellos cómicos. Su cine, se escribía y no se si se escribe, admitía comparación con el impacto que la fuerza de la vida produce en films y géneros bien distantes de los puntos de partida de presuntas comedias. Nunca fue cierto. Esa dialéctica comedia-drama la llevó a cabo nuestro hombre de un modo asaz estilizado, pero al carecer de la elegancia necesaria (Minnelli, Donen, por no remontarnos a Lubitsch) la sofisticación no podía sostener la película de turno. Edwards necesitaba echar mano del fuego dramático cuanto antes. No podía moverse por mucho tiempo en la abstracción de la comedia refinada. Insisto: Edwards no fue nunca Minnelli ni Ophuls. Su juego cínico, cuando lo experimentaba, se descubría antes porque él era más vehemente y menos astuto, más directo y menos relativista, más artesano y menos artista.

    La curva de inflexión en la obra de este cineasta se produce en “La carrera del siglo”. Un mundo grotesco buscó preponderancia obteniéndola cada vez con mayor intensidad conforme se desarrollaba su filmografía posterior. Panteras rosas, guateques estrambóticos y guerras ridículas convirtieron las maravillosas “Desayuno con diamantes” y “Días de vino y rosas” en un recuerdo. Audrey Hepburn y Lee Remick cedieron paso a Peter Sellers, Dick Shawn o James Coburn. Algunos años despues Edwards creyó ver en Julie Andrews una posibilidad de hacer algo distinto de las insufribles panteras, el terrible inspector Clouseau (Peter Sellers fue grande con Kubrick e inaguantable con Edwards) . El espíritu de los 60 se había esfumado sin remedio. B.E. quedó en caricatura de si mismo y el pálpito de su cine ya no volvió a existir. Malos vientos corrieron – ahora braman horrísonos porque Eolo ha abiero el odre de par en par – para tipos como el cineasta que nos ha dejado. El cine americano actual (y el de hace más de 10 años por lo menos) desprecia cuanto hombres como él dieron a conocer como virtudes y hallazgos en sus mejores días. Hoy la comedia americana suele ser el caca-culo-pedo-pis en universidades e institutos poblados por subnormales.

    Cordiales saludos

    • pelicultista dice:

      Soy de los que piensa que las reglas en el cine nunca son completamente estrictas, y que hay muchos ejemplos de excepciones que funcionan. Y creo que El Guateque es una de ellas, sinceramente.
      Muy buena tu aportación sobre Blake Edwards, muchas gracias!

  2. Esa escena en la que le dan una silla pequeña y está en la mesa a una altura por debajo del resto de comensales me hizo reír hasta no poder más. Saludos compañero.

    • pelicultista dice:

      La cara de Sellers es indescriptible e inolvidable ahí!

      • Luis Betrán dice:

        Sinceramente, amigo Pelicultista, pienso que la comedia es un terreno muy peligroso. Cierto que no debe haber reglas estrictas, pero, en mi opinión “El guateque” nunca debió rebasar los 90 min. Con todo, he sido algo injusto. Yo tambien me reí en muchos momentos y recuerdo su estupendo comienzo con la parodia de “Gunga Din”. Y ahora te propongo un juego en el que van a participar Richard Quine, Blake Edwards, Kim Novak, Jack Lemmon, Lee Remick y 2 gatos.

        DESAYUNO DE VINO Y ROSAS

        A mr. Edwards y a mr. Quine les gustaban los gatos. Paywacket no ganó el Oscar, pero sin él no hubiera sonado la campanilla, ni abierto el libro, ni encendido la vela (1).

        Blake Edwards puso un gato alrededor de Tifanny’s que conducía con sus entradas y sus mutis – al igual que el del libro, la vela y la campana – los amores de su ama por el buen camino deseado. Y como eran tiempos optimistas, el brillante espejo de “Desayuno con diamantes” hizo creer que aquella buena nueva iba a ser eterna. El gato de Audrey Hepburn (maravillosa, como siempre) se llamaba gato.

        Hay bastantes películas sobre borrachos, pero evidentemente “Dias de vino y rosas” no existe sino una sola vez. Probablemente Edwards consideraba que aquellos días de amor y alcohol nunca fueron, jamás pudieron ser, un fin de semana perdido (2). De hecho, Billy Wilder cuando emborrachaba a Ray Milland ya había realizado “Cinco tumbas al Cairo” y “Perdición” – y en el plató de al lado
        se hacían “rutas” con Bob Hope y Bing Crosby – . Antes de “Dias de vino y rosas” estaba “Desayuno con diamantes” en la filmografía de Edwards y Stanley Donen tenía trabajo (3). Curioso: las comedias negras tenían títulos paradisíacos y Henry Mancini estaba en su mejor momento.

        Los escaparates de Tiffany’s – in the morning – ponían en marcha la historia de la tránsfuga Audrey que tenía un pasado agrícola o pequeñoburgués, pero un presente de sueños de diamantes, “Moon River” y Mickey Rooney. Y un gato que se llamaba Gato, como queda ampliamente dicho. Tambien había en su presente y/o futuro un chulo escritor y una señora millonaria. Y luego Buddy Ebsen que viene a recordar el pasado.

        En “Días de vino y rosas” no hay pasado; hay un futuro tenebroso. Pasar de la comedia al drama como algo imparable. Los héroes de los dramas que proceden de la comedia son aún más desesperados porque vienen de un paraíso perdido. Y, desde luego, los excelentes Jack Lemmon y Lee Remick cuentan una bien amarga historia porque avanza en sentido inverso. Al público le gustan – o le gustaban – las carreras de handicap. Negro el comienzo, rosa el final. Aquellos “días” recuerdan a la consciencia de todos que la exposición-nudo-desenlace de las gustosas películas de antaño podían ser justo al revés.

        Los paseos de Audrey parecen existir sobre el asfalto de una ciudad mágica en la que Tiffany’s es la vivienda del último mago de Oz.

        El alcohol abre para los pequeños inocentes la llave de la casa de los horrores. No hay lluvia final que presagie la escampada definitiva. Ni taxis amarillos. Ni gatos. La casa de los horrores es una estancia con futuro. Tiffany’s es un espejismo que durará lo que tardan los sueños en dejar de serlo.

        La borrachera no trae rosas sino una resaca para la que los infelices Remick y Lemmon no estaban preparados. La nostalgia de la comedia empieza a la media hora de comenzada la película. La metamorfosis es dolorosa, porque el espejo de Alicia acabará reflejando una desolada realidad, truncando las esperanzas de los comedores de crema de cacahuetes – tambien Spencer Tracy en “Furia” comía cacahuetes mientras hacía planes contrarios a su destino – que aguardaban que las imágenes de su vida se iban a desarrollar en el terreno de la comedia. Vana ilusión la de este matrimonio dipsómano.

        ¿Cómo será el final verdadero de “Desayuno con diamantes”?

        Recordando “moon river” tras una cogorza sobre la que flotan los días de vino y rosas, o sea, el Tiffany’s de los viejos sueños, o sea, un último viaje a Central Park con problemático retorno.

        Parece que nadie ha vuelto de Tiffany’s ni de los días de vino y rosas. Y menos que nadie Blake Edwards. (4)

        1) Referencia a “Me enamoré de una bruja” (Bell, book and candle, Richard Quine, 1958), película en la que la hechicera – en todos los sentidos – Kim Novak acariciaba a un gato llamado Paywacket para realizar sus conjuros.

        2) Referencia a la más famosa, que no la mejor, película sobre la dipsomanía “Días sin huella” (The lost weekend, 1.945) protagonizada por Ray Milland.

        3) En efecto, en aquellos años Stanley Donen rodaba película tras película aunque de dudosa calidad. Ni “Una rubia para un ganster” (Surprise Package, 1960), ni “Página en blanco” (The grass is greener, 1.960), fueron buenas películas y su fracaso en taquilla le costó al gran director de Carolina del Sur un paro de tres años hasta la exitosa “Charada” (Charade, 1.963). Hay que recordar que en la más famosa revista especializada de la época (Film Ideal) se agrupó a Quine, Edwards y Donen como los reyes de la….. ¡¡¡metafísica del champagne¡¡¡, con Audrey Hepburn, naturalmente, de reina de las burbujas.

        4)Tempus fugit. Blake Edwards, consorte de Mary Poppins, ya falleció. Tiene en “Desayuno con diamantes” un icono imperecedero. Fue/es su mejor película. Después está “Días de vino y rosas”. Démosle un tercer puesto a “El guateque”.

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