el infierno del odio

El infierno del odio

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El infierno del odio (Tengoku to Jigoku. Akira Kurosawa, 1963) es uno de los clásicos del cine japonés, y del cine mundial, que todos deberían ver al menos una vez. Personalmente, considero que es una de las cumbres absolutas en lo que se refiere a cine negro y, seguramente, la que consiguió la mejor interpretación de Toshiro Mifune.

El artífice detrás de ella es el inmenso Akira Kurosawa, director japonés al que ya he recordado por aquí en ocasiones anteriores y que, cada cierto tiempo, me animo a revisar, porque suele regalarme nuevos detalles y aspectos en los que no había reparado.

En el caso de El infierno del odio, la riqueza y la profundidad es tal que, después de varios visionados, incluso el guion se queda en un plano secundario con respecto a otros aspectos más visuales. Así que, dado que es una de mis películas favoritas de todos los tiempos, qué menos que dedicarle unas cariñosas palabras aquí.

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¿De qué va El infierno del odio?

El señor Gondo es un importante directivo de una empresa fabricante de zapatos que está en el mejor momento de su vida profesional. Además de dirigir con éxito la empresa, está a punto de conseguir hacerse con el control absoluto de esta, ya que ha conseguido reunir la cantidad suficiente para comprar las acciones que necesita.

Justo cuando está a punto de culminar su maniobra, recibe una llamada en la que se le avisa de que su hijo ha sido secuestrado, y se le reclama una cantidad muy elevada que no solo le impediría abordar esa operación, sino que le supondría la práctica ruina. El dilema no existe en un primer momento, ya que por un hijo se hace cualquier cosa, pero el secuestrador se ha confundido y se ha llevado al hijo del chófer del señor Kondo en lugar de a su hijo.

Kurosawa y el cine negro

La mayoría del público reconoce a Akira Kurosawa como uno de los directores más importantes del cine oriental y como realizador de grandes títulos ambientados en el Japón feudal. Pero es importante insistir en la grandísima capacidad de este director a la hora de plasmar en la gran pantalla otro tipo de historias.

En el caso que nos ocupa, nos centramos en el cine negro, de la que El infierno del odio es la más popular. Este dato no apela a una injusticia o un desconocimiento como a veces ocurre en el historial de otros directores, que tienen joyas escondidas en su filmografía. Y, si bien es cierto que la de Kurosawa es muy generosa en cuanto a grandes películas, El infierno del odio es la más reconocida dentro del género negro, pero no es la única ni mucho menos la primera.

Antes de ella, y antes de haber tocado el olimpo con Los siete samuráis, Kurosawa ya se había acercado al género del noir y, además, con bastante acierto. El ángel ebrio (1948), El perro rabioso (1949) y, sobre todo, Los canallas duermen en paz (1960) fueron los antecedentes a El infierno del odio. Los dos primeros, más humildes en cuanto a recursos, pero no a talento, dan muestra del ojo de Kurosawa para reflejar esos ambientes más oscuros de la sociedad nipona de la posguerra, especialmente afectada.

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El infierno del odio y la cultura tradicional japonesa

Al cine de Kurosawa, como al de muchos de sus compatriotas clásicos, se le acusa de resultar poco accesible para el público internacional, sobre todo para los espectadores occidentales. Esto no es un impedimento para disfrutar de su cine, que casi siempre trata de reflejar valores universalmente reconocidos, pero sí que puede dificultar a los cinéfilos menos inquietos.

En el caso de El infierno del odio, su historia, personajes y desarrollo puede parecer mucho más familiar, al menos en la capa más evidente, en la que casi todo podría acontecer de un modo similar, hablando de la época, en otro país de América o Europa.

Pero, rascando un poco más, podemos descubrir unos cuantos aspectos que enriquecen, sobre todo, al personaje encarnado por Toshiro Mifune. Porque él está a caballo entre la tradición nipona clásica y el incipiente capitalismo occidental que, ya en los años sesenta, comenzaba a primar en Japón. Y la confrontación de esas dos realidades también es parte del conflicto general de la película.

Mientras los compañeros del señor Gondo en la empresa son la más pura encarnación de los valores más materialistas que llegaban desde fuera tras la guerra, en la casa se vive de un modo más clásico. Solo hay que ver cómo se comporta la mujer del señor Gondo y, por supuesto, el chófer, ambos sumisos y sometidos, cada cual, a su estilo, pero de un modo voluntarista y resignado.

Algo similar sucede cuando los que se enfrentan son los caracteres del señor Gondo y de su máximo rival en la película, encarnado por el secuestrador que, corroído por los males de ese materialismo occidental, pretende encarnar unos valores tradicionales que, finalmente, terminan por superarlo.

Dos partes bien diferenciadas

El infierno del odio no es una película breve, pero sin ser tampoco excesivamente extensa, tiene dos partes muy bien diferenciadas y con entidad propia. La primera está considerada mayoritariamente como superior. Es un ejercicio supremo de narración, de ritmo y de composición. Hacen falta varios visionados para poder disfrutar y exprimir todo lo que muestra, ya que son muchas las capas que nos llegan a la vez.

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Más allá de la historia general que va contando, referente al secuestro y la negociación, Kurosawa es capaz de ir separando y distinguiendo a cada personaje y su clasificación moral con una elegante composición en pantalla. Esto, además, con una puesta en escena que es puramente teatral. Pero también es elegancia y es mesura. Todo tan bien equilibrado que, a pesar de no contar con un ritmo trepidante, ni en el guion ni en el montaje, resulta tremendamente adictiva, interesante y emocionante.

La segunda parte de la película se abre al exterior. No solo salimos de la casa en términos visuales, algo que Kurosawa enseña descaradamente desde el primero de los planos de esta parte, sino que también nos soltamos de esos planos tan estáticos y nos adentramos en un Japón menos pulcro, en los escenarios más cotidianos y populares hasta llegar a los puntos más bajos. Y esto, después de haber estado en una casa como la del señor Gondo, hace que nos pique hasta la espalda.

Igualmente, sigue habiendo esa dicotomía entre el Japón tradicional en valores y moderno en comportamientos. Porque, aquí, los que toman la acción principal son los policías, con una minuciosa y preciosa investigación que, aunque se culmine gracias al uso de técnicas modernas, está motivado e impulsado por los valores tradicionales del honor y el respeto a los sacrificios. Todo esto, insisten, no lo hacen por ley o justicia, sino por el señor Gondo. Y esto, de nuevo, responde a unos principios de honor que, aunque se puedan entender, no son tan comunes en otras longitudes.

Aquí, Kurosawa también hace una importante modificación con respecto a la novela de Evan Hunter en la que se basa. El final, a diferencia de la obra escrita –y tratando de no desvelar nada crucial del desenlace–, resulta mucho más coherente con lo que respecta al sentido tradicional que quería imponer a la historia y, sobre todo, al personaje protagonista.

Recepción y crítica de El infierno del odio

En su momento, El infierno del odio no fue una película acogida con tan buena opinión en la sociedad japonesa. La intención que Kurosawa esgrimió para proyectar esta película fue la denuncia sobre la cantidad de secuestros y extorsiones que comenzaban a suceder en las grandes urbes japonesas. Pero, según los reportes de la época, El infierno del odio influyó en el crecimiento de estas prácticas, en lugar de reducirlos.

De todas maneras, El infierno del odio reportó ganancias a sus productores y, posteriormente, también obtuvo réditos por las exhibiciones en pantallas internacionales.

Actualmente, su prestigio se encuentra en lo más alto, y está considerada como una de las mejores películas de Akira Kurosawa y, también, de la historia del cine japonés. Yo, más allá de nacionalidades, la incluyo directamente en el top de películas de cine negro, y la recomiendo fervorosamente a todo aquel que me pregunte. Además, también tengo otros artículos en los que repaso la filmografía de Akira Kurosawa y hago un recorrido por las mejores películas de Toshiro Mifune.

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