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El nombre de la rosa

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El nombre de la rosa (Der name der rose) es una película dirigida por Jean-Jacques Annaud en 1986 y protagonizada por Sean Connery y Christian Slater. Está basada en la novela del mismo nombre que Umberto Eco publicó en 1980.

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Las películas adaptadas de libros suelen tener una losa encima, sobre todo por parte de los lectores, con el lema de que siempre son peores que las obras originales. El nombre de la rosa no. Y no es por igualar aquí el libro con la película, como mucha gente suele hacer, ni utilizar esos argumentos para criticar la obra audiovisual cuando, en la gran mayoría de los casos, no es posible hacer una comparación justa.

Pero digo que El nombre de la rosa no tiene esa losa porque, en sí misma, es una grandísima obra de arte, una película de referencia en la filmografía de sus actores y su director y, también, una de las mejores adaptaciones de libros que se han hecho en las últimas décadas.

Es cierto que, contando con una base tan sólida como la novela de Eco, puede haber mucho ganado, pero hay decenas de casos en los que las versiones audiovisuales de grandísimos libros han hecho llorar a escritores, autores y espectadores. Y eso porque los libros no lloran, que si no, también.

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Pero en este caso, Annaud asume con gran vigor la historia, de la que era un gran fan desde su lanzamiento, y tras un durísimo trabajo de preproducción, que le llevó cuatro años de búsqueda y preparación, consiguió plasmar en imágenes lo que, al leer la novela, ya había visualizado en su cabeza.

Tal vez no era Sean Connery el Guillermo de Baskerville que él tenía en su mente al principio, porque, a pesar de los ofrecimientos de éste, el francés no estaba convencido de que el mismo actor que había encarnado a Bond durante tantos filmes fuera el más adecuado para este papel. Además, el actor escocés no estaba pasando precisamente por el mejor momento de su carrera, lo cual sembraba serias dudas a la hora de presentarlo en cartel como el rostro que debería atraer a la audiencia. Al final, terminó haciéndose con el papel, y demostró que un personaje como éste no le quedaba grande para nada.

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Otro caso fue el de Slater para hacer de Adso de Melk. Aquí sí que se hizo un largo casting, y fue el entonces joven, y ahora ya consagrado actor el que más gustó a Annaud. La verdad, visto con perspectiva, fue una elección acertada la de este actor para hacer compañía a Connery. Ambos se compenetran bien y dan buena presencia y estabilidad a la pareja protagonista.

Sobre otros aspectos de la producción, destaca para bien la lograda ambientación escénica, con unas localizaciones y escenarios perfectos que, cómo no, también se encargó el propio director de buscar y elegir personalmente.

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Pero, a pesar de todos estos aspectos que tanto gustan hoy en día al ver la película, hay que decir que, una vez estrenada, no tuvo el recibimiento merecido en Estados Unidos. La falta de apoyo de las productoras y distribuidoras allí hizo que la recaudación fuera bastante pobre, y el público no la acogió como una de las favoritas a la hora de ir al cine. En cambio, en el viejo continente sí que arrasó. El éxito de taquilla, sobre todo en países como Alemania, Francia e Italia, lugar de nacimiento de Umberto Eco, fue abrumador, y también la crítica especializada fue aquí más generosa, tal vez consciente de que había que apoyar fuertemente una gran producción originada entre estos tres países y que contaba con nombres de primera fila.

Hoy en día, casi tres décadas después de su estreno, sigue siendo una de las películas más admiradas y respetadas de Annaud, y también de las mejor consideradas dentro de la filmografía tanto de Sean Connery como de Christian Slater. Se puede decir que, aunque hayan pasado ya muchos años, se está convirtiendo en una obra atemporal, cuyo ritmo narrativo no parece envejecer, y que sigue enganchando a viejos y nuevos espectadores, ya prácticamente sólo en sus pases televisivos.

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Sin duda, El nombre de la rosa es una película que merece la pena, sólida en todos sus aspectos y que trata unos temas que siguen siendo interesantes a la hora de iniciar un debate sobre la religión, la Iglesia o, yendo más allá, lo oscura que sigue pareciendo la Edad Media para la sociedad actual.

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