impulso criminal compulsion

Impulso criminal (Compulsion)

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Impulso criminal (Compulsion) es una película dirigida por Richard Fleischer en 1959, y protagonizada por Orson Welles, Dean Stockwell y Bradford Dillman.

 

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A pesar de tener detrás de las cámaras a un director renombrado como Fleischer, de llevar en primer lugar de su cartel a una gran estrella como Orson Welles, y de tratar una historia con tanto gancho como un extraño secuestro y asesinato que se había producido realmente tres décadas antes, Impulso criminal no es una película que haya permanecido en la memoria inmediata del público actual.

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De hecho, sólo los aficionados al género concreto o los cinéfilos más curiosos habrán disfrutado de ella, ya que tampoco es una de las películas más habituales entre los programadores televisivos hoy en día. Pero, para ser justos, su trama, de haber sido tratada por alguien más actual y con menos talento, podría resultar adecuada para uno de esos telefilmes de sobremesa en las cadenas preferidas por las amas de casa.

Judd Steiner (Stockwell) y Artie Strauss (Dillman) son dos estudiantes de familias bastante pudientes y, criados en un mundo lleno de comodidades y caprichos, traban una amistad bastante enfermiza que van reforzando haciéndose creer el uno al otro que están por encima del bien y del mal y, sobre todo, del resto de la gente a causa de una inteligencia muy superior. Por ello, deciden secuestrar y matar a un crío, de manera bastante planificada, pensando que saldrán indemnes porque nadie logrará resolver el caso. Pero un pequeño fallo y la pericia periodística de un compañero suyo (Martin Milner) les hará caer y enfrentarse a la pena de muerte. Sólo la labor de Jonathan Wilk (Welles), uno de los abogados más prestigiosos, podría ayudarles.

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Fleischer nos presenta esta historia con una detallada descripción psicológica de los jóvenes, que abarca la primera parte de la película de manera bastante interesante, demostrándonos que estamos ante dos sujetos enfermos que, al menos, levantan un poco de admiración y respeto entre sus compañeros por su carácter altivo y su soberbia. Pero también da cuenta de su tremenda inmadurez a la hora de enfrentarse al mundo real, cosa que ya resulta evidente al avanzar en el metraje y, sobre todo, en la segunda mitad de la película, donde aparece un Orson Welles que, de nuevo, se vuelve a comer la cámara. Y no lo decimos por la cantidad de peso que había ganado en los últimos años, aparentando mucha más edad de la que realmente tenía, sino porque su fuerza como actor estaba muy por encima del resto, aunque los demás también fueran intérpretes brillantes. De hecho, este trío de acusados y abogado defensor se llevaría el premio a mejor actor en el Festival de Cannes de ese año.

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Pero sigue siendo la pericia de Fleischer al mostrarnos ese Impulso criminal la que cimenta la fuerza de la película al enfocar en Welles toda esta segunda parte de la cinta, centrada en el desarrollo de la defensa y del juicio. Obviamente, la base del guión hace su parte, pero sin el talento suficiente para llevarlo a imágenes se podría haber quedado en lo que habíamos dicho antes: una simple película basada en hechos reales.

En definitiva, Impulso criminal tiene lo suficiente como para hacerla una película interesante. Los aficionados a Orson Welles tienen la perfecta excusa de tener aquí una de sus mejores interpretaciones, y los aficionados al género judicial por ver a uno de los mejores abogados haciendo uno de los mejores discursos ante un juez.

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