impulso criminal compulsion

Impulso criminal (Compulsion)

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Impulso criminal (Compulsion. 1959) se nos ha quedado debajo de la alfombra. Barrimos para quitar toda la suciedad que se había producido en aquellos años de locura cinematográfica y se nos escapó alguna cinta pequeñita junto con las migajas de pan duro y las pelusas densas.

Sí, el paso de los años puede ser implacable con determinadas películas y, sinceramente, el motivo de tal denostación me resulta inexplicable. En este caso, puedo entender que alguien le tenía manía al director o que el protagonista ya no estaba en la cresta de su ola.

Pero me da igual. Impulso criminal es una película que merece una defensa digna, para tener un juicio justo y que su reputación se mantenga arriba.

¿Qué nos cuenta Impulso criminal?

Judd Steiner (Dean Stockwell) y Artie Strauss (Bradford Dillman) son dos estudiantes de familias bastante pudientes y, criados en un mundo lleno de comodidades y caprichos, traban una amistad bastante enfermiza que van reforzando haciéndose creer el uno al otro que están por encima del bien y del mal y, sobre todo, del resto de la gente a causa de una inteligencia muy superior.

Por ello, siguen su impulso criminal sin pensarlo para secuestrar y matar a un crío, de manera bastante planificada, pensando que saldrán indemnes porque nadie logrará resolver el caso. Pero un pequeño fallo y la pericia periodística de un compañero suyo (Martin Milner) les hará caer y enfrentarse a la pena de muerte.

Sólo la labor de Jonathan Wilk (Orson Welles), uno de los abogados más prestigiosos, podría ayudarles.

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Richard Fleischer nos presenta esta historia con una detallada descripción psicológica de los jóvenes, que abarca la primera parte de la película de manera bastante interesante, demostrándonos que estamos ante dos sujetos enfermos que, al menos, levantan un poco de admiración y respeto entre sus compañeros por su carácter altivo y su soberbia.

Pero también da cuenta de su tremenda inmadurez a la hora de enfrentarse al mundo real, cosa que ya resulta evidente al avanzar en el metraje y, sobre todo, en la segunda mitad de la película, donde aparece un Orson Welles que, de nuevo, se vuelve a comer la cámara.

Y no lo decimos por la cantidad de peso que había ganado en los últimos años, aparentando mucha más edad de la que realmente tenía, sino porque su fuerza como actor estaba muy por encima del resto, aunque los demás también fueran intérpretes brillantes. De hecho, este trío de acusados y abogado defensor se llevaría el premio a mejor actor en el Festival de Cannes de ese año.

En serio, esta película merece la pena

En términos estrictos, cualquier película que cuente con una interpretación mínimamente protagónica de Orson Welles merece la pena. Sí, sabemos que aquí ya empezaba a alejarse de su mejor forma física, pero eso da igual. Welles tenía algo que solo algunos genios tienen, y es que conseguía atraer las miradas de la cámara y de los espectadores como ningún otro.

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Contar con un actor de tal calibre y que demuestre sus ganas de seducir como lo hace aquí es todo un lujo. Pocas películas pueden presumir del privilegio de un Orson Welles de este talante, aunque sea a un nivel de secundario, como también se presuponía en El tercer hombre (The Third Man. Carol Reed, 1949), por poner un ejemplo no demasiado alejado.

Bueno, qué secundario. Aunque no salga tantos minutos en pantalla como lo hacen los personajes principales, su presencia es tan imponente y su buen hacer tan enorme que su nombre merece aparecer arriba y en grande en cualquier cartel. En el de Impulso criminal, también.

Pero no solo es mérito de Welles ser tan bueno. Es también labor de un director como Fleischer el centrar la atención en este actor durante la segunda parte de la cinta, centrada en el desarrollo de la defensa y del juicio. Obviamente, la base del guión hace su parte, pero sin el talento suficiente para llevarlo a imágenes se podría haber quedado en lo que habíamos dicho antes: una simple película basada en hechos reales.

Sí, Impulso criminal está basada en hechos reales

Y esto condicionó bastante la promoción de la película. En un principio, se pretendía cuidarse bastante de lo que podrían ser las demandas de Nathan Leopold, el protagonista de la historia real que permanecía vivo. Y, aunque en la peli fue así, no se consiguió durante las campañas publicitarias, lo que motivó una demanda de éste.

Pero la demanda fue desestimada porque la estrategia del convicto no resultó la más acertada, e Impulso criminal pudo seguir su curso tradicional en las pantallas y demás escenarios.

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El que sí que tuvo problemas fue Orson Welles. Su sueldo fue confiscado por la hacienda norteamericana, ya que tenía algunos desajustes en sus tributos. Esto, seguramente, influyó bastante en su comportamiento durante el rodaje, del cual el mismo Fleischer se sorprendió negativamente.

Y no se puede decir que éste fuera un director inexperimentado, ya que su trayectoria contaba con muchos trabajos y algunos muy renombrados. Qué decir de lo que sería la filmografía de Richard Fleischer hasta finales de los 80, cuando se retiró.

Merece la pena recordar que Impulso criminal no fue la única película que Hollywood le dedicó a este caso de crimen perfecto perpetrado por unos jóvenes soberbios e inspiradas por el mismo caso. Otro ejemplo, anterior y digamos que incluso superior, fue La soga (The Rope. Alfred Hitchcock, 1948).

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Pero, en conclusión, Impulso criminal tiene lo suficiente como para hacerla una película interesante. Los aficionados a Orson Welles tienen la perfecta excusa de tener aquí una de sus mejores interpretaciones, y los aficionados al género judicial por ver a uno de los mejores abogados haciendo uno de los mejores discursos ante un juez.

2 Comments

  1. Héctor Soto Prentice dice:

    NO PUSIERON EL AÑO….ES A PROPOSITO?

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