Jungla de cristal
Jungla de cristal

Jungla de cristal (Die Hard) es una película cuya importancia no ha sido del todo reconocida. Representante suprema del cine de acción más popular de los años 80 y que tanto aportó al género en los posteriores 90 –y hasta tiempos actuales–, ha sido muchas veces denostada por causas tan variadas como su propio protagonista, su inverosímil guion o el exceso de artificios.

Pero todo esto, tanto por separado como en su conjunto, fueron aspectos imprescindibles para configurar un título que revolucionó el cine de consumo masivo y que, más de tres décadas después, todavía sigue muy vivo.

Un héroe más cotidiano

El cine de acción vivió un enorme crecimiento en los años 80. Figuras como Arnold Schwarzenegger y Sylvester Stallone llenaban las pantallas con sus músculos, sus ropas de camuflaje y un montón de muertos, explosiones, etc. No eran los únicos: Chuck Norris y, posteriormente, Steven Seagal y Jean-Claude Van Damme se sumaron a la fiesta, cada uno con su estilo, aunque todos con ese aura de héroes superiores, imbatibles en un cuerpo a cuerpo y conocedores de artes marciales, del manejo de mil armas, etc.

Vamos, que eran héroes a los que teníamos en la pantalla y nos lo hacían pasar bien, pero veíamos tremendamente lejos. Y, luego, llegó Bruce Willis, un tío con apariencia normal, que no se pasaba horas al día levantando pesas y que, si no hubiera salido en una serie muy exitosa de los 80, podría pasar desapercibido en un bar o en un supermercado.

Jungla de cristal

Algo de esto tiene John McLane. Es un tipo normal, que ha fracasado en su matrimonio y que, sin comerlo ni beberlo, se ve encerrado en un baño de un rascacielos, con la ropa justa, y perseguido por un grupo terrorista que ha tomado el edificio. Así, en camiseta y descalzo, se hace grande. Nada le impide arrastrarse por conductos de ventilación y descolgarse por el hueco del ascensor. Lo hace porque es un tío un poco loco y porque tiene un gran instinto de justicia y supervivencia.

Esto es algo que también resulta alejado del espectador medio en su hábitat natural, pero aquí la novedad es que vemos a McLane sufrir. Pero sufrir de verdad, con cada golpe, con cada arañazo y, su camiseta, con cada mancha. No solo es un aporte realista, sino que es un detalle que antes no existía y que le acerca al estatus de persona normal.

En Jungla de cristal ya no podemos decir que el protagonista acaba con todos los malos él solo y sin un rasguño, sino que termina bastante magullado, la verdad.

Una acción que se acerca, pero se mantiene a distancia

Que un grupo de terroristas secuestre a unos cuantos rehenes en un rascacielos tampoco nos parece algo que estuviera alejado de las posibilidades reales, sobre todo en aquellos años. Y, en lo que respecta a lo fantasioso de las escenas de acción, explosiones y demás, solo me queda decir que, si no hubiera algo así, esta película sería mucho más aburrida y perdería bastante gracia.

El cine de acción difícilmente puede casar con el realismo puro. Tampoco suena realista que el jefe de policía sea tan inútil, ni que un asesino como el encarnado por Alan Rickman pueda parecer un tío atractivo, culto y elegante. Pero estas cosas hacen que la película funcione y aquí estamos, treinta y dos años después, hablando de ella.

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El cine de acción antes y después de Jungla de cristal

El escenario en el que nos sitúa esta historia, un impactante rascacielos de Los Ángeles en época navideña, marca una intención muy clara con respecto a otras películas de acción de la época. Aquí no nos estamos enfrentando a un enemigo poderoso que quiere destruir nuestra civilización. Ni estamos en territorio hostil. Ni siquiera jugamos fuera de casa. El Nakatomi Plaza es reflejo de una bonanza económica y un estatus social positivo y optimista, que refleja el espíritu de Estados Unidos durante esos años y que se iría alargando durante la década siguiente.

Bruce Willis consigue aportar un toque más divertido y menos dramático al nuevo héroe de acción. Es cierto que esto ya se iba previendo con otros títulos anteriores, de los cuales el exponente más claro era Arma letal (Lethal Weapon. Richard Donner, 1987) y su Riggs (Mel Gibson). Incluso el propio Bruce Willis ya invitaba a ese tono a medio camino entre el matón norteamericano y el policía asiático con su personaje en Luz de luna (Moonlighting).

Pero mientras ésta se apoya en las bases de las buddy movies, Jungla de cristal tiene a la pareja bien alejada, en lo físico a unos cuantos pisos, y en lo personal sin vínculos ni trayectorias conjuntas.

Pero, sobre todo, lo que supone un antes y un después definitivo e influyente es que Jungla de cristal hace que el hombre corriente y práctico, llano y sin inquietudes, se erija como salvador ante un ataque a lo que universalmente es aceptado como defendible, la propiedad privada y la familia. Y, sobre todo, en Navidad.

Aunque no lo parezca, situar la acción de Jungla de cristal en esta época del año hace que todos nos sintamos más identificados con John McLane. Los sentimientos familiares y fraternales se fortalecen en esas fechas, e inconscientemente nos vemos implicados en su causa, aunque sea solo en la de recuperar a su mujer.

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Otros aspectos notables de Jungla de cristal

El trabajo de John McTiernan en la realización también es una pieza importante. No titubea a la hora de coger la cámara y seguir la acción como si formáramos parte de la propia banda, y tampoco le asusta cortar y pegar para ir mostrándonos detalles concretos o planos más amplios a un ritmo veloz pero nunca incómodo.

El plan de los malos y su ejecución hay que mostrarlos visualmente y, ante la falta de diálogos, porque no son necesarios, se apoya en una música muy sutil pero intencionadamente tensa. Aunque sea para cortar un cable inocente, estamos empezando a agarrarnos al sillón. Qué decir cuando el protagonista cuelgue de una correa floja en el hueco del ascensor…

Y, por supuesto, el mérito de sacar el máximo partido a un entorno cerrado, limitando en todos los sentidos las posibilidades del protagonista y llevando la cámara al mejor punto posible en cada segundo, para que la tensión y la acción sean las que aceleren los engranajes del guion.

El legado de Jungla de cristal

Hay muchas cosas que se le pueden agradecer a esta película, más allá del genial rato de entretenimiento y emoción que ofrece. La primera es esa revolución en el género, permitiendo que un John McLane se convirtiera en el héroe cotidiano que muchos buscaban. La segunda, que introdujo a Bruce Willis a la gran pantalla.

Es probable que, si no hubiera sido aquí, le habría llegado otra oportunidad. Pero nadie puede negar que su carrera ha estado llena de grandes éxitos y que pocos actores de su generación pueden presumir de una filmografía con tantos títulos tan representativos de las últimas décadas.

Además, es evidente que Jungla de cristal nos ha dejado otras películas a modo de saga, aunque ninguna tan brillante como la primera. En esto, se diferencia de Arma letal, que no solo consigue mantener, sino que supera el nivel inicial con alguna de las entregas posteriores.

Pero viendo cómo están las cosas y que Bruce Willis todavía tiene ganas de marcha, no descartemos que nos regale alguna aparición postrera de McLane en los próximos tiempos. ¡Yippi ka yei, hijo de puta!

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