La chica de la fabrica de cerillas po

La chica de la fábrica de cerillas

La chica de la fabrica de cerillas po

La chica de la fábrica de cerillas (Tulitikkutehtaan tyttö. 1990) es la muestra de que el cine tiene una fuerza especial para transmitir sensaciones y sentimientos. A esta película del director finlandés Aki Kaurismäki solo le hace falta un poco más de una hora para dejarnos noqueados y lo hace, principalmente, con unas imágenes y escenarios llenos de poderío.

Si eres de los que disfrutan de las buenas historias y del cine con sentido, y no necesitas un ritmo frenético y una producción millonaria para engancharte a la pantalla, aquí te voy a explicar por qué La chica de la fábrica de cerillas te puede gustar.

¿De qué va La chica de la fábrica de cerillas?

La chica de la fábrica de cerillas es Iris. Es una joven que tiene un trabajo bastante rutinario y cuya vida en familia es muy triste. Convive en un sencillo piso con su madre y su padrastro, a los cuales mantiene. Pero ninguno de ellos le tiene cariño ni aprecio. Si la madre se muestra entre amargada y depresiva, el padrastro es un aburrido violento y mezquino.

Con semejante escenario, Iris tiene una pequeña vía de escape. Después de cenar, le gusta arreglarse un poco, maquillándose y vistiéndose de un modo más alegre para ir de fiesta y buscar algún ligue.

El problema es que la chica de la fábrica de cerillas es también una chica muy tímida y que no tiene demasiada experiencia en las relaciones personales y sentimentales. Así que, el día que se enrolla con un chico al que conoce en un bar, su vida da un giro de 180 grados.

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¿Qué llama la atención de La chica de la fábrica de cerillas?

Son muchas las cosas que se pueden destacar de esta película en comparación con el cine más convencional que vemos día a día. La primera que llama la atención es la ausencia de diálogos. De hecho, la primera cuarta parte de la película transcurre así, con el ruido de las máquinas en la fábrica, del tránsito en la calle o, a lo sumo, la radio y la tele.

Pero no pasa nada. En ese primer tramo de la película, cada plano y cada escena se van encadenando con un ritmo perfecto. Además, todos ellos van aportando ligeras dosis de información, a veces más sutil y a veces más evidente, que nos sirve para aprender sobre la protagonista y para situarnos en contexto.

El estilo de dirección de Kaurismäki también facilita esto. A pesar de esa ausencia de conversaciones, el tipo de planos estáticos se amoldan a la perfección a la velocidad del montaje. Es como si nos fuera seduciendo con esa regularidad, nos da confianza porque, en este sentido, es fácil y previsible. Esto hace posible la magia de que, en pocos minutos, no haya manera de escapar de la película.

La complejidad de una historia sencilla

En el cine, al igual que en el teatro o en la literatura, las historias sencillas son las que mejor funcionan, pero esto no equivale a que sean fáciles de lograr ni de plasmar. La chica de la fábrica de cerillas no es una historia compleja ni enrevesada. Tampoco hay grandes giros en el guion y el número de personajes resulta bastante limitado.

Estos personajes tampoco están descritos hasta el último rincón del subconsciente. Ni falta que hace. Con unos pequeños trazos de cada uno, Kaurismäki es capaz de darnos a conocer a estas figuras mucho más de lo necesario para que la película cuaje. Así es como la historia termina funcionando y nos resulta creíble.

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No vamos a negar que los propios actores también ponen de su parte aquí. Aunque no son muy conocidos para el gran público fuera de Finlandia, su trabajo es muy solvente y da la sensación de que el director los conoce a la perfección y sabe qué sacar y qué pedir de cada uno.

Solo hay que ver la pícara mirada de Iris, interpretada por Kati Outinen, a la que todos nos imaginamos como una tímida chica con esa capacidad un poco más tenebrosa de lo que aparenta a priori.

Los otros personajes principales también están interpretados por actores veteranos y muy resolutivos. Elina Salo, que consigue reflejar muy bien a una madre indolente y atípicamente sin cariño por su hija. Y Esko Nikkari, el padrastro, que era un conocido actor en su patria y al que Kaurismäki tenía tanto aprecio como para decir de él que era mejor que Brando.

Recepción y crítica de La chica de la fábrica de cerillas

La chica de la fábrica de cerillas es la tercera película de la llamada Trilogía del proletariado. Las dos primeras de este trío son Sombras en el paraíso (Varjoja paratiisissa, 1986) y Ariel (1988), pero ésta que cierra el grupo es la más redonda de las tres.

Aquí, Kaurismäki nos regala algunos de los detalles más característicos de su cine, al que muchos describen como frío y poco pasional. Y esto es lo que volvió a provocar, como lo ha hecho en muchas otras etapas y películas, que la crítica se divida entre los que lo adoran y los que no consiguen verle la gracia.

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Con todo, y con las dificultades del cine propio de un país pequeño y en unos años en los que las cosas no resultaban tan accesibles, La chica de la fábrica de cerillas consiguió asomar la cabeza en distintos festivales y llevarse unos cuantos reconocimientos. De hecho, el mismo Roger Ebert la eligió para incluirla en su lista de Grandes Películas. Tal vez esto le diera un pequeño empujón, en su momento.

Con el paso de los años y, sobre todo, con la consistente filmografía que ha ido labrando su director, La chica de la fábrica de cerillas se ha consolidado como un film de referencia en el cine europeo de los noventa que no quería jugar en las grandes ligas.

En general, como la gran mayoría de las películas de Kaurismäki. Y, más de treinta años después, con una vigencia que no está al alcance de otras producciones más costosas.

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