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Esta mañana nos hemos despertado con la noticia del fallecimiento de Alain Resnais, a los 91 años.

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Alain Resnais

El ya anciano director francés, un referente de la nouvelle vague, es principalmente recordado por títulos como Hiroshima, mon amour, o El año pasado en Marienbad.

Descanse en paz uno de los maestros del cine de vanguardia del siglo pasado.

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  1. IN MEMORIAM: ALAIN RESNAIS (1922-2014)

    Alain Resnais colaboró regularmente con guionistas diversos y escritores consagrados: sin embargo, su obsesión por los temas del tiempo y la memoria, su personalísimo estilo, el no renunciar nunca a ser un cineasta experimental, han terminado por dotar de unidad y coherencia al número de películas por él dirigidas. Nunca tuvo nada que ver con la “nouvelle vague” – a pesar de los repetidos intentos de asociarle a tan publicitado “movimiento” – y él, con su minimalista sentido del humor, se desmarcaba firmando sus obras : realisation: Alain Resnas. Jamás “mise en scéne” de….Hubo dos etapas bien acentuadas en su filmografía: la “seria” y la “frívola”. Conjuntadas ambas, Alain Resnais permanece como uno de los cuatro o cinco más importantes cineastas franceses de la historia. Quizá tras Robert Bresson (únicamente) y a nivel igual o superior que Renoir, Duvivier, Guitry, Pagnol, Rohmer, Chabrol, Becker……

    Existen pocos maestros del cine moderno cuya obra se vea más fuertemente marcada por la paradoja que Alain Resnais. A pesar de ser creador de un mundo cinematográfico específicamente suyo, Resnais se niega a seguir la tendencia predominante en el cine contemporáneo. Sobre todo en el llamado “artístico”, y a considerarse como el único autor de sus películas. Hablar del cine de Alain Resnais equivale a correr el riesgo de la simplificación, ya que cada una de sus obras lleva la impronta de un colaborador diferente: guionistas (muchas veces con obras literarias enjundiosas a sus espaldas), compositores, actores, actrices…Así, aunque el nombre de Resnais va indisolublemente ligado a la vanguardia cinematográfica y se le considera como un cineasta distanciado e intelectual, su forma de enfocar el cine no deja de lado que él ama por igual la alta cultura que la cultura popular, y sus elaborados métodos de trabajo parecen exigir, a veces, medios notables de producción. Poeta de la tristeza y la alegría, del amor y el dolor. Alain Resnais je t’aime, je t’aime.

    Alain Resnais nació en Vannes, Bretaña, en 1922, y pertenece por tanto a esa destacada generación de cineastas que tanto contribuyeron a conformar el cine europeo de los 60 y 70. De hecho, cierta crítica llamada “canónica” le considera uno de los tres grandes popes de la “modernidad”, junto a Ingmar Bergman y Michelangelo Antonioni. Pas, Jean-Luc Godard. (á mon avis) Resnais versus Godard. Lo insoslayable y lo prescindible. Su carrera debe juzgarse en relación con la obra de estos cineastas – añadamos a Pasolini, Tarkowski, el postrer Buñuel francés, o el asimismo fallecido hace muy poco tiempo Miklós Jancsó, o al mejor Losey británico, y…..avanzando leguas en el tiempo a Theo Angelopoulos, Bela Tarr, Aleksandr Sokurov, Terence Davies, los Dardenne….- e, insisto, no con la de los directores franceses de la “nouvelle vague”. Aunque empezó a dirigir largometrajes, más o menos al mismo tiempo que Godard, Chabrol, Truffaut, Rohmer, Rivette, Rozier…, Resnais tenía diez años más que ellos y las influencias sobre su vida y su obra tenían unos orígenes y unas características completamente distintas.

    Hijo único de un farmacéutico de provincias, Resnais sufrió durante la infancia de una salud delicada y empezó a leer desde muy pequeño las obras que resultaban lógicamente atractivas para un muchacho asmático dotado de gran inteligencia y sensibilidad. El mismo lo ha contado, no sin ironizar “sur lui même”. Las novelas de Aldous Huxley, Marcel Proust, Katherine Mansfield…..De su madre, que se encargó de su educación, heredó una enorme afición por la música clásica, revelada con frecuencia en la elección de partituras para sus películas. Pero, al mismo tiempo, también nació un amor por los “tebeos” (Mandrake, Dick Tracy…), y la afición por la literatura popular, ejemplificada en los folletones sobre Fantomas. Resnais estudió interpretación, comenzó un curso de realización cinematográfica en la escuela de cine francesa más importante (IDHEC), y trabajó profesionalmente como montador. Mientras dudaba de la línea a seguir, disfrutaba como cineasta amateur, rodando en súper 8 cuando era adolescente y en 16 mm. algún tiempo después. Sus primeras obras en estos formatos se han perdido, pero según cuenta parece ser que esas primitivas películas poseían un tono fuertemente personal y una cierta cualidad improvisada, completamente ausentes en sus trabajos posteriores de carácter ya más profesional.

    En 1948, se le encargó la realización en 35 mm. de un documental sobre Van Gogh. A continuación rodó otro sobre Gauguin (1950) y un análisis magistral del Guernica de Picasso (1950). En estos primeros documentales clarifica su forma de entender el tema, y es que durante ese período tenía ya ideas y planes para futuras películas de ficción: pero de hecho los ocho años siguientes los pasó íntegramente dedicado al cine documental. Junto con Georges Franju, se convirtió en la primera figura del documentalismo francés. Los cinco cortos realizados por Resnais entre 1950 y 1958 abordaron temas completamente distintos: la colonización y el arte indígena en “Les statues meurent aussi” (1953), la Biblioteca Nacional Francesa en “Toute la memoire du monde” (1957), la seguridad en el trabajo en “Le mystére de l’Atelier 15” (1957, desconocido para mí), el proceso de fabricación de los plásticos en “Le chant du Styréne” (1958). Pude verlos por primera vez en el Instituto Francés de Zaragoza. Son excelentes, aunque su primera obra maestra no sea otra que “Nuit et brouillard” (1955), impresionante película llena de inteligencia y grado de compromiso que todavía sigue siendo – junto a la monumental “Shoah” de Claude Lanzmann – el más sobrecogedor testimonio del genocidio perpetrado por los nazis contra el pueblo judío. Añadir que, por ejemplo, Paul Eluard aparece como guionista en “Guernica” y Raymond Queneau en “Le chant du Styrène”. Alain Resnais se presenta ya como un hombre de izquierdas – aunque jamás militase en partido político alguno, pese a su amistad con Jorge Semprún – “de verdad”. No de mentirijillas “a lo Godard”.

    El tiempo y la memoria

    El debut cinematográfico de Alain Resnais en el campo del largometraje tuvo lugar con su segunda obra maestra “Hiroshima mon amour” (1959), sobre un libreto de Marguerite Duras. Fues/es una película maravillosa en la que cine y literatura se conjugan admirablemente y que, curiosamente, influirá decisivamente en la no muy distinguida carrera cinematográfica de la gran escritora francesa. Tambien la única ocasión en que Duras se vio correspondida por un cineasta a su altura. Piénsese en terribles films basados en novelas de ella, con “10,30 p.m. summer” de Jules Dassin (1965, rodado en España con Melina Mercouri, Romy Schneider, Peter Finch y.. ¡Julián Mateos!) como el más execrable resultado. Ton nom c’est Hiroshima, ton nom c’est Nevers. Allí conocimos por primera vez a la extraordinaria Emmanuele Riva…….a la que probablemente hemos despedido en otra obra maestra del calibre de “Amour” (2012) de Michael Haneke. Siguieron a esta joya inmarcesible – je parle de “Hiroshima” -, cuatro películas más, y en cada una de ellas colaboró con un novelista que tenía poca o ninguna experiencia como guionista: Alain Robbe-Grillet para “L’année dernière á Marienbad” (1961), Jean Cayrol para “Muriel ou le temps d’un retour” (1963), Jorge Semprún para “La guerre est finie” (1966) y Jacques Sternberg para “Je taime, je taime” (1968). La medida de la influencia de Resnais la da el hecho de que sus cuatro primeros colaboradores se convirtiesen luego en realizadores ocasionales. Con todo los resultados fueron variables: genial en el caso de “Marienbad”, excelente en el de “Muriel”, mediocre en el de “La guerra ha terminado” y rotundamente malo en el de “Je t’aime, je t’aime”. Ni la política, ni la ciencia-ficción convinieron nunca a Resnais.

    Aunque todas ellas sumamente originales, estas cinco películas no carecen de homogeneidad estilística. Existe un constante retorno a los problemas del tiempo y la memoria. En “Hiroshima mon amour”, el pasado y el presente se funden en dos apasionadas historias de amor separadas por 14 años de diferencia, pero unidas en la mente de la protagonista. Por el contrario “El año pasado en Marienbad” rechaza toda cronología. El intento de separar lo real y lo imaginario, lo ocurrido este año y el pasado, es simplemente una de las muchas trampas tendidas por el guionista Robbe-Grillet, que, al igual que Duras, fue uno de los estandartes del “nouveau roman” y que, como ella pero aún peor, se convertiría en realizador durante los años 60 y 70. En “Muriel” (escrita por Jean Cayrol, que había colaborado también en el guión de “Noche y niebla”), el enfoque vuelve a ser distinto. La novedad de esta película radica en su estricto respeto de la cronología. Incluso cuando se cuentan dos acciones simultáneas, así como en la aceptación sin reservas de los elementos aleatorios y casuales introducidos en el rodaje. Se trata también de la única película de Resnais que se atiene estrictamente al escenario de la vida real en que transcurre la historia, el puerto de Boulogne Sur-Mer. En “La guerra ha terminado” o la descripción de la vida de un comunista español en el exilio (Federico Sánchez, o sea Jorge Semprún), Resnais recurre con frecuencia a la técnica del “flash foward” o salto adelante, para anticipar acontecimientos que pueden, o no, ocurrirle a su protagonista. Pero cae en lo manido y la estulticia en “Te amo, te amo”, un mal cuento de seudo ciencia-ficción en la que la lógica y la cronología se ven obviamente abandonadas a favor de un entretejido aparentemente casual de distintos niveles del tiempo y del espacio, que reflejan una lógica más gélida – e incluso ridícula – que emocional con la inevitable muerte del “héroe”.

    Resnais en los años 70

    “Je t’aime, je t’aime” fue un merecido fracaso comercial. Para colmo su estreno coincidió con los sucesos políticos de mayo del 68, cuando de los cineastas se esperaba un mayor grado de compromiso. Situación aprovechada por el astuto Godard que organizó la de dios en el Festival de Cannes de ese año (incluida bofetada a Geraldine Chaplin) hasta interrumpirlo, se exhibió por las calles de parís para que lo filmase su amigo Chris Marker y dejó atrás el ¿maoísmo? de “La chinoise” para gestar el futuro grupo Dziga Vertov. A las órdenes de Godard, la siempre gaullista (de De Gaulle) “Cahiers du cinéma” declaró ¡¡¡los Estados Generales!! y durante varios años castigó a sus lectores no publicando las mejores del año. Toma ya rojerío. Pasarían 6 años antes de que a Resnais se le diese la oportunidad de volver a dirigir. Por una vez, quiso hasta resultar comercial con la mediocre “Stavisky” (1974), sobre otro guión de Jorge Semprún y el protagonismo del actor menos adecuado para el cine del autor de “Marienbad”: Jean-Paul Belmondo, estrella francesa tan longeva como insoportable.

    “Providence” (1977), fue una producción hablada en inglés, sobre guión del dramaturgo británico David Mercer e interpretada por actores tan eminentes como John Gielgud y Dirk Bogarde, aquí totalmente fuera de sitio. Socarronamente se la conoce como la película del Chablis, debido a que los personajes bebían continuamente tan suntuoso vino blanco. Film muy cuidado y de meticulosa realización, pero carente de fuerza e inventiva. No ocurre lo mismo con le película bisagra “Mon oncle d’Amerique” (1980), con guión de Jean Gruault y en la que el gran cineasta recupera toda la libertad creativa de sus más inspirados momentos. Aunque el proyecto se remontaba a varios años antes, guionista y director consiguen que “Mi tío de América” ya no resulte polvoriento y aburrido sino fresco y lleno de ironía. En ella se entrecruzan los destinos de tres personajes que, aparentemente, nada tienen que ver entre sí: dos hombres y una mujer que entra en contacto con ambos más las explicaciones del biólogo francés Henri Laborit. Sobre sus teorías acerca del comportamiento tanto animal como humano basado, según él, en el principio de acción y agresión y tomando como cruciales puntos de referencia películas de los años 40 interpretadas por el gran Jean Gabin, la exquisita Danielle Darrieux y el objeto de deseo de Cocteau Jean Marais. Con su montaje en contrapunto de imágenes documentales y de ficción, los recuerdos personales de sus protagonistas y ajustadas dosis de didactismo, este “Tïo de América” fue/es un experimento fascinante, resume a la perfección la trayectoria anterior de Resnais y anuncia la que vendrá en el futuro.

    EL AÑO PASADO EN MARIENBAD (1961)
    “L’année dernière á Marienbad”

    ¿Qué ocurrió realmente el año pasado en Marienbad?. Rara vez una película ha suscitado polémicas más activas e incluso virulentas. Se llegó a decir que ni tan siquiera el director, Alain Resnais, y el guionista, Alain Robbe-Grillet, estaban completamente de acuerdo: que, según el primero, el año anterior se había producido un encuentro entre los dos protagonistas, mientras que, según el segundo, el episodio entero no era sino una fantasía imaginada por el narrador. Pero esta divergencia no era sino un recurso fríamente pensado. una indicación al espectador de cómo debía abordar la película: es decir, sin ideas preconcebidas. Un destacado crítico francés, Jacques Brunius, afirmó tajantemente tras varios visionados que era la mejor película de todos los tiempos, mientras que otros la descartaron como una pretenciosa película de ”arte y ensayo”. Pero hay algo innegable; para apreciarla plenamente es preciso que el espectador se entregue a su peculiar estructura narrativa y a su inimitable estilo.

    La primera voz que se escucha en la película es la del narrador, que va diciendo al principio sin que se le entienda muy bien, y luego cada vez más claramente: “una vez más recorro estos pasillos, atravieso estos salones y galerías en este edificio de siglos pasados…”, mientras la cámara recorre morosamente los interiores de un gran hotel barroco. En uno de los grandes salones, el público contempla inmóvil una obra teatral. “Y ahora”, dice la actriz sobre el escenario, “soy finalmente tuya”. Cae el telón. El final de la obra prefigura la entrega de la protagonista de la película al acabar ésta.

    Poco a poco, a través de fragmentos de conversaciones, planos de personas cuidadosamente situadas o de grupos estáticos, la película va creando su perturbador universo, que puede ser real o imaginario. Los tres personajes principales comienzan a revelar sus respectivas identidades: la mujer melancólica que se aloja en el hotel junto a un imperturbable hombre que puede ser o no su marido, y un insinuante extraño, el narrador, quién afirma que la mujer le prometió encontrarse con él hace un año. Ella niega conocerle y haberle tratado, pero el extraño prosigue su cuidadosa táctica de persuasión. ¿No recuerda aquella ocasión en la que, paseando juntos por el jardín, resbaló y se rompió el tacón del zapato?. Más adelante, andando el uno al lado del otro, ella se tambalea y se agarra al brazo de él en búsqueda de apoyo. Esta escena está rodada a cierta distancia, por lo que no queda claro si se rompe el tacón o no. ¿Ocurrió ello en el pasado, como afirma él, o es que la historia se repite?. En esta delicada fusión entre pasado y presente no puede haber nada seguro.

    La película sugiere muchas preguntas más. ¿No será ese extraño edificio, situado en medio de unos geométricos jardines, un sanatorio mental, y el hombre un psiquiatra que intenta hacer recordar a la mujer una experiencia emocional del pasado que se ha bloqueado inconscientemente en su memoria?. Y sus ropas, típicas del estilo Chanel y correspondientes a un determinado período histórico, ¿no proporcionan acaso una clave para comprender lo que está ocurriendo?. Parece que, en general, la protagonista viste de blanco en las escenas del presente y de negro en las del pasado, pero no siempre es así. ¿Y qué decir de la figura en sombras que parece ser su marido?¿Lo es en realidad?¿O es su amante?¿Su hermano? Casi siempre se le ve jugando con cerillas y ganándole en el juego al tercer vértice del triángulo, el no menos enigmático narrador.

    En un determinado momento, cuando éste parece estar a puinto de obligar a la mujer a admitir la realidad del pasado, ella se vuelve hacia su marido y le suplica que no la deje. Su respuesta no puede ser más fría y razonada: “pero si eres tú la que me estás abandonando”. Cuando su predicción se hace realidad, ella le deja sin sentimientos de alegría ni de autorrealización, sino como si estuviese partiendo hacia un destino desconocido. En este enfrentamiento de voluntades y persuasiones, ella parece ser la víctima de un sino inexplicable, que, probablemente, la conduce a la muerte o al olvido.

    La eterna fascinación de “Marienbad” radica en que , cada vez que el espectador cree haber encontrado la clave del acertijo, se presenta un nuevo aspecto que echa por tierra todas sus teorías. Por ejemplo, cuando la mujer le pide al hombre que la deje en paz, él se apoya en una balaustrada que se derrumba a causa de la presión. Debe tratarse de una fantasía pasajera, piensa el espectador, y cuando vuelve a verse la balaustrada, estará intacta. Pero ¡sigue rota!¿Refleja esto la inquebrantable convicción del personaje de que su fantasía se ha producido en la realidad?¿No es más que probable que se trate de una metáfora del deseo de la mujer de verse libre del extraño?. Pensándolo cuidadosamente, la segunda explicación parece más plausible. Pero, en lo refrente a esta enigmática película lo único que se puede decir es “creo”, y nunca “estoy seguro”.

    En sucesivas visiones, “Marienbad”, con sus sutiles claves, su complicada interrelación entre pasado y presente y su representación de una realidad que puede ser simplemente un sueño, adquiere el aspecto de una historia detectivesca. Las siluetas (pues son más eso que personajes) de mueven de manera exquisitamente controlada por el director que demuestra la precisión de un hábil jugador de ajedrez. El mundo onírico en el que transcurre la historia posee la calidad del mejor cuento de hadas, y, al igual que la mayoría de ellos, un cierto toque de amenaza oculta que acecha en todo momento a sus personajes. “Marienbad” es una de las películas fundamentales que nos ha ofrecido el cine. De las más amadas – por la cinefilia – y de las más odiadas – por aquellos que solo van al cine a pasar un buen rato. Resnais juega en su balneario con las mismas cartas que Bergman en “Persona”, Buñuel en “El ángel exterminador”, Antonioni en “La aventura”…………..En lo inaprehensible (o no) radica su grandeza. Películas esenciales, imprescindibles, puntos y aparte de la Historia del Cine. Más allá, por tanto, de la obra maestra.

    “Mi tío de América” (1980) marca la frontera en el cine de Alain Resnais. La desaparición en los 80 de las Salas de Arte y Ensayo, la progresiva despolitización en las Universidades españolas, la globalización, el pensamiento único…..privaron de muchísimo público al autor de “Marienbad” y no solo a él. El cine europeo y asiático comenzó a dejar de interesar y las sagas galácticas, Spielberg, los superhéroes, el comic….hicieron el resto. Durante unos años nada supimos de Alain Resnais – exceptuando las Filmotecas y circuitos alternativos – y el propio cineasta fue consciente de ello. Teatralizó su cine y, finalmente, lo frivolizó. Fichó intérpretes como Vittorio Gassman o el gran barítono operístico Ruggero Raimondi. Pero no por ello renunció, ya más esporádicamente, al experimentalismo. Y su penúltima película – “Vous n’avez encoere rien vu” (2012) – supuso un regreso en tono menor a “Marienbad” y a “Hiroshima mon amour”. Su postrera obra maestra.

    Los films teatrales
    Quede claro que Resnais siguió haciendo cine, no teatro filmado, pero mezcló elementos correspondientes a las dos disciplinas artísticas. “La vie est un roman” (1983) fue mediocre, “L’amour a mort” (1984) interesante y “Melo” (1986) excelente. En esta atractiva película la fusión cine-teatro no chirrió en ningún momento y nos devolvió a un Resnais distinto, pero de nuevo evidenciando una gran forma artística. Más la experimentación, la extravagancia intelectual tampoco estuvieron ausentes en la década ochentera: I Want to Go Home (1989), rodada en inglés, escrita por el dibujante Jules Feiffer, y con el protagonismo de Adolph Green, letrista de temas como New York, New York (On the town, 1949 Kelly y Donen), secundado por Gérard Dépardieu. El resultado es insoportable. Como lo es también en el díptico “Smoking/No Smoking” (1993), casi cinco horas de pedantería y tedio que – menos mal – presentaron en la filmografía resnaisiana a Sabine Azéma (más tarde, su esposa) y Pierre Arditi. Los pilares, junto a André Dussolier, de la compañía estable del Resnais de la “frivolidad”

    Y en 1997 llegó al mayor éxito comercial de realizador tan poco dado a conocer esas mieles. “On connait la chanson” se estrenó en las salas de cine de medio mundo y gustó no solo a la cinefilia añorante del gran Resnais. No a todos. A mí me aburrió soberanamente este desfile de canciones a lo “Salut les copains” con las que “dialogaban” los intérpretes. Film musical en las antípodas de Jacques Demy. ¿Cómo iba nuestro hombre a imitar al director de “Los paraguas de Cherburgo” o “Las señoritas de Rochefort?.

    Salí convencido de los entrañables Renoir de que éste no era mi Resnais que me lo habían cambiado. “Pas sur la bouche” (2003) me haría cambiar de opinión. Llegaba el vodevil musical basado en una opereta homónima de 1925. Y con Arditi y Azéma. Si “les chansons” me habían resultado soporíferas, aquí todo bullía en agitado cocktail de alegría y diversión.

    Fiesta que se repitió, corregida y aumentada, en la fenomenal “Coeurs” (2006, Asuntos privados en lugares públicos), León de Plata en Venecia y muy cercana a la obra maestra. Como la primera mitad de “Les herbes folles” (2009) que transitaba la misma senda para luego extraviarse en una segunda mitad de apoteósica estupidez. Aguardando el estreno de “Aimer, boire et chanter” (2013), remato este dossier con la que habría de ser la última genialidad de Alain Resnais.

    “Vous n’avez encoré rien vu” (2012). Cine dentro del cine, teatro dentro del teatro, teatro dentro del cine, Jean Anouilh, gozosos principio y desenlace, toda la troupe Resnais en esta obra maestra que certifica que el nonagenario autor sigue siendo el más grande cineasta francés. Y un tono crepuscular que remata Frank Sinatra cantando “When I was seventeen”. ¿Puede evocar a “Marienbad”?. Extraordinaria. Voy a soltar una gorda: ¿ nos encontramos ante lo mejor de Resnais, Marienbad incluido? Se abre el debate (cortesía de mi compañero, y sin embargo amigo, Fernando Solsona de la Tertulia Perdiguer de Zaragoza). Pero anoche soñé que regresaba a “Marienbad”. Alain Resnais: je t’aime, je taime.

    Luis Betrán
    Este texto ha consultado el libro “Viaje al centro de un demiurgo”, de Nuria Bou y entrevistas diversas a Resnais en la revista francesa “Positif”.

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