ninotchka
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Ninotchka era la mujer que no reía. Lo mismo se decía de Greta Garbo, la actriz encargada de interpretarla en esa maravillosa película escrita por Billy Wilder y dirigida por su maestro Ernst Lubitsch en 1939.

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En el París de finales de los años 30, unos comisarios enviados por la Rusia soviética están encargados de vender unas joyas que pertenecen a una duquesa exiliada de su país debido al régimen comunista. Pero estos comisarios, alejados de la extrema pobreza de la URSS, se dedican más a pasar el tiempo rodeados de lujos y de la relajada vida que se respiraba en la Europa de entreguerras. Para vigilar su trabajo y conseguir agilizar los trámites que permitan esa venta, con cuyo dinero se podrá ayudar a paliar la hambruna que asola a los rusos, llega Nina Ivanovna, también conocida como Ninotchka, fiel paradigma de la rectitud y austeridad imperante en el régimen estalinista.

Una vez allí, Ninotchka conoce al conde d’Algou (Melvyn Douglas) que encarna todo lo opuesto a los valores que ella defiende y que, por su amistad con la duquesa, es también el encargado de distraer a los comisarios de sus labores. Pero el conde cae rápidamente enamorado de la fría Ninotchka, y utiliza todas sus armas para que ella también olvide su rectitud y se deje seducir.

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Eran los años treinta la época gloriosa de las comedias románticas en Hollywood y Ninotchka es un gran ejemplo de éstas. Con un guión arquetípico de personajes opuestos que, cómicamente, van riñendo y enfrentándose el uno al otro y a sus características, Lubitsch aprovecha aquí para demostrar que no tenía dificultad alguna en desarrollar personajes coherentes con cuatro simples trazos en cuatro situaciones más o menos cotidianas. Porque bien es cierto que los americanos o los europeos occidentales no vivían entre tantos lujos como el conde o los mismos comisarios en su hotel parisino, pero sabían que estaban ahí y existían, y no les extrañaba la tranquilidad y la buena vida de la que tanto se escandaliza la estricta Ninotchka al llegar.

Pero, del mismo modo, aunque contado con el humor que luego veríamos tantas veces en guiones y películas de Wilder, también vemos el lado opuesto, el del Moscú asolado por la pobreza, la falta de recursos y, sobre todo, el miedo. Ese contraste, que tan bien funciona en este tipo de películas, no resulta forzado. Sí es cierto que, por la época y la situación política en la que se estrenó, pueda parecer pura propaganda política en contra del comunismo, pero no hay que centrarse en eso y sí en la calidad que atesora en todos sus aspectos. Como bien dijeron en su día las críticas, seguro que a Stalin no le gusta, pero a ti, a menos que estés fuertemente alineado con los soviéticos, seguro que lo hace.

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Y lo hará porque es seguro que te sacará más de una carcajada. Lo mismo que el conde con la fría Ninotchka, a la que consigue hacer reír tan sorpresivamente como nadie habría podido imaginar. Porque ella nunca reía, y Garbo tampoco. Así fue el lema promocional de la película: Garbo ríe. Y con eso ya tenían una buena audiencia asegurada.

Lubitsch se fue pronto, tal vez prematuramente, pocos años después de grabar esta película. Aún así, son unos cuantos los títulos que nos dejó con ese toque suyo tan característico y que seguimos disfrutando sin que parezca que hayan pasado más de setenta años. Y si nos parecen pocos, recordemos que tuvo un alumno aventajado, llamado Billy Wilder, al que cuando las dudas le asaltaban, siempre recordaba ¿cómo lo haría Lubitsch?

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