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The French Connection

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The French Connection (William Friedkin, 1971), también conocida en España con el título de Contra el imperio de la droga, ha cumplido ya medio siglo y lo ha hecho en buena forma. Quiero decir con esto que, aunque es hija de su época en muchos aspectos, mantiene su frescor en cuanto a ritmo narrativo y su estética, más allá de pasar de moda, se ha quedado como objeto de admiración.

Pegó fuerte en su época, con un gran reconocimiento de público y parte de la crítica, y salió triunfante en los premios de la Academia de Hollywood. Pero éstos no son capaces de sostener una película durante tantas décadas y, como creo que hay algo más en The French Connection, voy a defender aquí por qué sigue siendo una película muy potente y atractiva.

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¿De qué va The French Connection?

Alain Charnier (Fernando Rey) es uno de los traficantes de droga más importantes de todo el mundo, y la policía ha comenzado a seguirle la pista. Entre sus planes, está introducir un gran cargamento de heroína en Estados Unidos, pero sus contactos llaman la atención de dos detectives neyorquinos, Jimmy ‘Popeye’ Doyle (Gene Hackman) y Buddy ‘Cloudy’ Russo (Roy Scheider), que comienzan a investigar para interceptar el cargamento y detener a Charnier.

The French Connection: pura acción urbana

En los primeros compases de The French Connection, ya vemos que la ciudad va a tener un gran protagonismo. Los escenarios iniciales, exteriores de la ciudad de Marsella, se ven con una naturalidad pasmosa, no solo por una fotografía alejada de los artificios, sino por el tipo de planos que utiliza Friedkin, amplios, sinceros, alejados. Parecen imágenes de una ciudad en un día cualquiera, que podrían haber sido utilizadas como colas en un informativo de mediodía, mientras el presentador narraba que no había nada nuevo bajo el sol.

Y así es como, de repente, llega el primer golpe, que es el primer disparo, directo al rostro de la pobre víctima y del espectador, que despierta y se empieza a agarrar al sillón porque lo que va a llegar después va a contener grandes dosis de acción y movimiento.

Como decía, hay muchos aspectos visuales que podrían pasar por televisivos, algo que hoy no llama tanto la atención, pero que sí lo hacía hace medio siglo. Porque los modos de la pequeña pantalla eran muy diferentes a los más reposados, pensados y trabajados del cine, y esto es algo que se consolidó en Hollywood de la mano, entre otros, de Friedkin.

Sin duda, es un estilo muy efectivo a la hora de acercar al espectador a la acción, ya que elimina esa barrera invisible que había permanecido hasta entonces y que, de un modo sutil, no permitía al público tomar contacto estrecho con lo que sucedía en el plano. Un ejemplo son algunos de esos movimientos bruscos de cámara, los zooms a toda velocidad o los planos con la cámara en mano, tan crudos y ásperos como la acción que se muestra y, de nuevo, los escenarios. Sí, son los setenta y los coches echan mucho humo, los edificios y las calles no están tan limpias y la gente mastica con la boca abierta.

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El contraste en un reparto por contrastar

Se ha contado muchísimas veces que la elección de Fernando Rey fue, en realidad, un error del director de casting, Robert Weiner. En su momento, William Friedkin había visto Belle de Jour, y se había quedado prendado de la interpretación de Paco Rabal. Pero, al pedir al actor español que salía en esa película, Weiner se confundió y trajo a Rey. A Friedkin no le hizo mucha gracia esto, pero Rabal no solo tenía otros compromisos profesionales en aquel momento, sino que tampoco sabía una palabra de inglés, lo cual allanó el camino y cambió la historia de una película tan importante como ésta.

Fernando Rey supo darle un matiz muy particular a su personaje, con una mezcla de elegancia y comicidad que sirve para compensar y contrastar con la tosquedad de su némesis, el encarnado por Hackman. Es algo a lo que Friedkin le sacó partido, mostrando una oposición entre esa dureza urbana de Norteamérica y la clase más refinada del viejo mundo, cuyo culmen nos llega en la escena del metro, una de las más recordadas de The French Connection. En ella, la picardía sutil de Charnier consigue superar a la brusquedad de Doyle, y esto se termina por convertir en tónica en lo que resta de film, hasta la derrota final de un personaje que se ve superado por llevar al límite un carácter forjado entre esponjas de estropajo.

Con lo de reparto por contrastar, no quiero decir que los actores no tuvieran experiencia, ya que tanto Hackman como Scheider habían trabajado bastante, sobre todo en televisión (¡de nuevo la tele!), pero darles los protagónicos aquí fue una apuesta muy acertada por parte de Friedkin y los lanzó al estrellato, sobre todo a Hackman.

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La influencia de The French Connection

El estilo de The French Connection sirve hoy como ejemplo paradigmático de lo que son los thrillers de acción urbana de los setenta. Este conjunto de películas, que sin duda beben de títulos cercanos pero anteriores, como El detective (The Detective), Bullitt y Cowboy de medianoche (Midnight Cowboy), tuvo su auge en la primera mitad de esa década, aunque todavía llegó a colear hasta años después.

Una de las principales características de estas es que la acción se sitúa en áreas urbanas y con un toque muy realista. Es esa influencia de la realización televisiva la que nos hace verlo así, y en algunas de estas películas podemos llegar a sentir como que esa época está todavía al alcance de la mano.

The French Connection se estrenó a pocas semanas de diferencia con Harry el sucio (Dirty Harry), que es una de las películas de las que se suele decir que tienen cosas en común. Esto es cierto, pero no son pocas las obras que, por el éxito que tuvo The French Connection, siguieron la estela en el look y el género. Algunas, como Serpico, muy bien valoradas hoy, y otras como Los implacables, patrulla especial (The Seven-Ups), prácticamente olvidadas, marcaron tendencia en la cartelera.

Pero la dirección de Friedkin ha llegado más lejos, con reconocimientos por parte de directores tan distintos como versátiles. Hablamos de Akira Kurosawa, que la reconoció como una de sus favoritas, o de Steven Spielberg, que admitió haberla estudiado a fondo durante su trabajo para rodar Munich.

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Recepción y crítica de The French Connection

The French Connection reventó la taquilla. Su presupuesto no llegaba a los dos millones de dólares y fueron más de cincuenta los recaudados solo en Norteamérica. A esto le acompañó una entusiasmada crítica en la prensa de la época, con muchos de los más reputados expertos en cine apasionados por el golpetazo visual y estilístico que acababan de presenciar.

Roger Ebert y Gene Siskel, de la prensa de Chicago, le dieron su nota máxima, y Roger Greenspun la clasificó como “un muy buen nuevo tipo de película”, que partía, sin embargo, de algo tan clásico como policías y delincuentes.

Los Oscar también se rindieron ante la ola de The French Connection y le concedieron cinco premios y otras tres nominaciones. Así, ha quedado en la historia de estos galardones como una de las mejor posicionadas, con las estatuillas a Mejor película, Mejor director, Mejor actor principal, Mejor guion y Mejor montaje.

Con el paso de los años, y aunque siga siendo una grandísima película, puede llamar la atención de que pasara tan por encima de otros títulos como La naranja mecánica (A Clockwork Orange) o La última película (The Last Picture Show). Pero esto es tan fácil de comprender como echar la mirada atrás, a esos primeros años setenta, y ver que el impacto de The French Connection resultó más eficaz a corto plazo.

Esos títulos, sobre todo el de Kubrick, gozan hoy de un prestigio y un culto mucho mayor. Pero yo soy firme defensor de esas películas en las que todavía puedes respirar una atmósfera cargada de gasolina con plomo y masticar chicles con azúcar. No es ésta la única que he contemplado de este estilo y no será la última.

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