Un condenado a muerte se ha escapado
Un condenado a muerte se ha escapado

Un condenado a muerte se ha escapado es uno de esos títulos que, una vez leídos, cuesta olvidar. Pero la huella que deja un simple visionado es, por supuesto, muchísimo mayor. Esta película de Robert Bresson no es de las típicas que se ven y se aparcan en la memoria, ni tampoco es un drama carcelario al uso.

Es una película con mucha personalidad y con mucho sentimiento, en la que los aspectos visuales y sonoros muestran mucho más de lo que pueda parecer a priori. Aquí, voy a tratar de desgranar algunos de estos aspectos de Un condenado a muerte se ha escapado (Un condamné à mort s’est échappé ou Le vent souffle où il veut, 1956), a través de los cuales se puede entender por qué es una de las mejores obras de Bresson y, a la vez, uno de esos dramas carcelarios imprescindibles en la historia del cine.

Un condenado a muerte se ha escapado a trazos

Bresson hace una apuesta aquí, desde el primer instante, por una narración muy particular. Es todo muy lineal y muy sencillo, pero a bocados pequeñitos. Tan pequeñitos que, en comparación con el cine actual, puede parecer un despropósito. Son frases cortas y diálogos cortos, en escenas cortas, una detrás de otra, que cuentan de un modo directo, sin adornos, la situación. Pero no se hace lenta.

Las palabras del condenado, explicando lo que vemos en pantalla, son un cebo irresistible para que lo acompañemos en su soledad. Nos está contando a nosotros algo que ha vivido, aunque lo veamos, para que sepamos que él estaba ahí y nos sintamos cómplices.

Nos lo cuenta a nosotros directamente, para que confiemos en él. Y también para que empaticemos. Por eso, al igual que a él, nos cuesta confiar en las primeras relaciones, ésas que tiene con los presos que caminan por el patio y que le ofrecen una primera ayuda altruista.

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Aunque las palabras y las breves conversaciones nos dirijan hacia un lado, las imágenes y los escenarios están ahí firmes y presentes, acentuando esa atmósfera cruda. Es cierto que las imágenes no podrían mostrar gran cosa aunque lo pretendieran, ya que la escena se centra en una austera cárcel y en una más austera todavía celda. Más allá de la filmación en blanco y negro, que seguro ayuda a la sensación de tristeza y agobio propia de una cárcel y una guerra, pero que también se entiende como obligada por cuestiones presupuestarias en unos años de escasos recursos para el cine europeo, la fotografía apoya esa apuesta narrativa del autor.

Encuadres en los que el personaje se ve rodeado de paredes lisas, casi infinitas, que parecen pintadas a carboncillo. Tal y como lo parecen muchos de los elementos que salen en plano, como la ropa de los presos, los catres, etc. ¿Fue todo esto real o es, simplemente, un retrato a trazos de una historia cruenta que no volverá a pasar?

En los detalles está la clave

Cuesta imaginarse lo lento que le puede pasar el tiempo a alguien que está en la cárcel, pero esta narración tan pausada y puntillosa ayuda. El detalle que nos lleva suavemente y delicadamente a una cercanía inusual con objetos como las esposas, el imperdible, el lápiz, los alambres.

No hay que obviar el aspecto sonoro. Ante la ausencia de música, los sonidos retumban más y mejor. Y las palabras. Ahí queda la voz en off, y ahí quedan esos diálogos breves y llenos de temor con el resto de los presos. Quedan huecos, huérfanos de eco, por miedo a ser descubiertos, y los espectadores tenemos miedo cada vez que alguno de los personajes mira o conversa con otro.

Nos podemos fijar, por ejemplo, en la recurrencia a las puertas, compuertas y aperturas. Es natural, en una cárcel, que haya de éstas y que puedan resultar un elemento crítico. Pero el tema de las puertas aquí es de mayor relevancia, si cabe. No solo se traspasan, sino que se abren y se cierran. Sobre todo, esto último.

Cuando se abren, hay esperanza la misma que nos transmite el protagonista desde el principio, desde la reveladora voz en off y el también revelador título. Cuando se cierran, vuelven la tensión y la incertidumbre. Y Bresson no escatima en cierres de puertas, no es tacaño en mostrarlas con su sonido, incluso cuando el propio Fontaine la tiene que amortiguar para no destapar su plan.

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Las dos partes de Un condenado a muerte se ha escapado

Podríamos diferenciar dos bloques principales en esta película. El primero, descrito hasta aquí, que se mastica lentamente y se saborea con gusto. En él, Fontaine nos va seduciendo con su cercanía, con su narración propia de ese anciano que cuenta aventuras de su arriesgada juventud y nos mantiene enganchados para ver cómo evoluciona la historia.

Y, por otro lado, la que comienza cuando a Fontaine le comunican su condena definitiva a muerte. Ese momento en el que le dicen que ha sido sentenciado es como la cima de la película. Tocamos techo, nos confirman lo que no queríamos y, a partir de ahí, nos apresuramos a descender a toda velocidad, sin saber si llegaremos a nuestro destino sanos y salvos.

Para hacer más llevadero el trayecto, aparece un segundo personaje de importancia, el del joven Jost, del que nadie sabe si fiarse o no. Pero la pendiente es demasiado pronunciada y Fontaine sabe que no puede frenar. Estamos deseando que se arriesgue y él también lo desea. Entre Jost y la condena conforman un detonante que llevan a que la película, después de una larga calma llena de incertidumbre, alcance su apogeo, con un tramo final en el que la tensión florece sin piedad.

Una visión cercana a la Segunda Guerra Mundial

Al igual que Fontaine, Bresson fue preso en la Segunda Guerra Mundial. Y también la persona real en quien se inspiró para esta película, que tuvo una mano directa en la misma. No solo como asesor, sino cediendo hasta la ropa y utensilios, como los ganchos utilizados en la fuga.

Cuando hoy en día se hacen películas sobre las guerras mundiales, nos suelen parecer justas y equilibradas por la distancia temporal. Pero hay que reconocer el mérito de Un condenado a muerte se ha escapado. Esa proximidad y esa intimidad que rezuma solo es posible cuando el tema está caliente, y trece años son pocos para apagar un fuego como el de estar preso por los nazis en el mayor conflicto bélico de la historia.

Cabe destacar que Bresson apostó por un reparto no profesional para esta película, y no le salió mal la jugada. Pero no es algo que llame la atención más que por lo desconocidos que resultan esos rostros que se hacen tan cercanos durante los minutos de película. Ninguno de los personajes rechina ni parece amateur. De hecho, alguno bien podría haber sido un preso igual que el que representa aquí tan solo unos años antes.

En el olimpo del cine europeo

Es probable que Un condenado a muerte se ha escapado se pueda incluir entre las mejores películas que ha dado el cine europeo en toda su historia. Al menos, en lo que se refiere a dramas carcelarios. La suavidad con la que nos va llevando, como si fuéramos cómplices silenciosos e invisibles del plan de fuga, se mantiene intacta incluso cuando muchos espectadores jóvenes la descartarían por lenta y descolorida.

Pero simplemente es cuestión de hacer que el paladar se acostumbre a este tipo de cine. No en vano, los críticos más variopintos la sitúan entre esas películas imprescindibles del cine europeo y mundial. Desde Ebert hasta el propio Godard, que no escatimó en elogios hacia Bresson tras verla.

Insisto, es posible que un visionado actual le aporte más valor aún que el que se le pudo dar en su momento. Son pocas las películas que se mantienen tan puras con el paso de los años y, aunque no lo podemos probar, que probablemente hayan mejorado, tal y como ha sucedido con Un condenado a muerte se ha escapado.

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