yakuza
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Yakuza es el ejemplo perfecto de película que me gusta reivindicar. Es todo un peliculón, con Sidney Pollack y Robert Mitchum como espadas principales, y con una historia que combina elementos del cine negro, de intriga y acción, con ese toque tan característico de las producciones de mediados de los años setenta.

Porque ese cine que defiende héroes justos, pero imperfectos, y que me los presenta en situaciones chungas, pero atractivas, es el cine que me gusta. Héroe americano, Robert Mitchum mediante, en escenario japonés, Yakuza mediante, y tenemos armado el lío. Sí, puede sonar un poco friki, pero no deja de ser una película maravillosa. Yakuza es la Pollack y si te gusta el cine deberías verla ya, por primera vez o de nuevo, pero verla ya.

¿Cómo es Yakuza?

Yakuza es una película de 1974 que te traslada rápidamente a esos años setenta. Ver a Robert Mitchum ya madurito sitúa inconscientemente, pero Sidney Pollack no se corta a la hora de utilizar determinados recursos de cámara muy de moda en aquellos años y ahora poco apreciados.

No es que este director tuviera un estilo tan tendencioso en otras de sus películas, lo que hace suponer que aquí hizo una apuesta más directa, tal vez movido por el estilo de película y la temática que trataba.

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Aunque Yakuza suene a acción japonesa, no es una película de artes marciales. Sí que tiene sus momentos de violencia, no olvidemos que la mafia japonesa puede ser bastante expeditiva, pero lo que realmente destaca es ese aroma a cine negro tan espléndido, que se iba extinguiendo por aquellos años y que solo hemos vuelto a disfrutar en dosis repartidas a cuentagotas.

El cine negro clásico resolvía la violencia en pocos disparos. Aquí sucede lo mismo, pero con katanas y, aunque sea en color, con la sangre justa, sin mayores escándalos. Tampoco hay escándalos en las interpretaciones, con todo el personal muy contenido. Esto no quita que los gestos y las miradas, esas miradas, esos gestos, transmitan tanto como mil intensas motivaciones actuales.

Un guion consistente de cabo a rabo

Pero también, como en ese cine negro al que evocamos con Yakuza, aquí se respetan unos códigos y unos valores familiares que, con la excusa del honor japonés tradicional, hasta parecen más respetables. Pero la cosa funciona porque, en el fondo de nuestro corazón, no es que sean respetables por ser japoneses, es que son propios nuestros. Son los valores de la fidelidad, del amor al ser querido y del respeto a los principios de cada uno.

En esto, la mano del guionista Paul Schrader se muestra muy firme. Esto le da más credibilidad a la historia y hace que los personajes resulten imponentes y atractivos, sin caer en ningún tipo de cursilería efectista ni incoherencia. No hay que olvidar que una película se sostiene siempre con los cimientos del guion, y si éste no tiene consistencia, el resto se derrumbará como un castillo de naipes.

Aquí es algo que se nota y que justifica la gran cantidad que se pagó por él, 300.000 dólares de la época, cifra récord en 1974. El precio final aumentó, ya que Pollack quiso suavizar un poco al personaje principal y para ello contrató a Robert Towne, en quien tenía más confianza.

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No salió mal la apuesta. El Harry Kilmer de Mitchum es uno de los protagonistas más arquetípicos y eficaces que se puede recordar en una película de este género. Hombre recto, pero atormentado por un pasado no tan honorable, su rol justiciero se completa a la perfección con el Tanaka Ken de Ken Takakura, otro actor que también llena la pantalla y que clava su papel.

Entre los dos, acometen un tercer acto que hace que Yakuza se convierta en todo un referente para los que buscan esos toques de acción más clásica y muy centrada en la emoción y la tensión más que en la violencia.

Lo que Yakuza podría haber sido y no fue

En muchas ocasiones, las películas de estudio suelen pasar por varias manos antes de llegar a sus encargados finales. Son simples anécdotas, que cuando el resultado es flojo sirven para preguntarse qué hubiera sido si, pero que, en el caso de Yakuza, cambia la cuestión a si sería igual de buena.

Es conocido que Martin Scorsese estaba interesado en dirigir esta película, lo cual hubiera sido su trabajo posterior a Malas calles (Mean Streets, 1973), y también que se barajó el nombre de Robert Aldrich para sentarse tras las cámaras. Habría sido interesante conocer cuáles eran sus intenciones y propuestas de haber seguido adelante.

También se supo, después, que para el personaje de Harry Kilmer hubo otros nombres potentes en la terna. Robert Redford, Lee Marvin, William Holden e incluso Charles Bronson. Resulta curioso que al más fácil de ver en un papel así sea a éste ultimo, aunque el motivo sea la cantidad de películas de bajo nivel que hizo encarnando a vigilantes y pistoleros callejeros en su última etapa.

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La mala acogida de Yakuza

El proyecto estaba ideado para ser un auténtico éxito en taquilla. Una historia consistente, que se podía vender como un drama romántico, y con grandes añadidos en lo que respecta al honor, la venganza o lo exótico de lo oriental. Pero la realidad es que la crítica no entendió bien el sentido de la película, y las valoraciones fueron bastante comedidas o incluso negativas.

Lo peor fue la pobre recaudación en las salas. Algo que hoy apreciamos y creemos que le da calidad a la película, la presencia de Mitchum, no se valoró tan positivamente por parte del público de la época y fue una de las razones que se achacaron al fracaso económico.

Seguramente, con un actor más en auge, como el propio Redford, los resultados a corto plazo habrían sido diferentes. Pero quién sabe si ahora mantendría ese aura de cine negro que tanta altura le da y que, para nosotros, convierte a Yakuza en una película de culto que habría que reivindicar más.

Si has visto Yakuza y quieres dejarme tu opinión, me encantará leerte en los comentarios de este artículo o en mi cuenta de twitter.

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